El frío no la asusta. Ella lo busca, necesita anestesiarse.
Aunque quisiese hablar, no puede. El silencio le tapa la boca. La mirada le esconde palabras.
Se detiene, cierra los ojos, moja sus manos. Las palmas quedan hacia arriba, rebalsadas por
recuerdos helados, irreales. Le queman las imágenes atrasadas por el tiempo.
Los caños gimen detrás de las paredes, como si fuesen peceras vacías, donde distintas especies
intentan sobrevivir al ahogo, a la incertidumbre.
La luz la elige una vez más, la señala en medio de la oscuridad. Ella intenta escapar, desvanecer.
Grita por dentro, grita tan fuerte que el ruido a metal se convierte en una banda sonora. Pero la penumbra la dejó en evidencia. El viento intenta disimular, pero también la castiga con brizas
inesperadas, desoladoras.
No aguanta, está por darse vuelta, por entregar su mirada. Sus manos se despiertan, vuelven a
respirar, le duelen. No quiere, lo intenta, pero no puede. Necesita congelar sus manos, necesita
congelar su mente.

Texto: Cecilia Castillo

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Sierra de la Ventana,
Buenos Aires 2012